LA VIRGEN MARÌA PARA UN CATÓLICO
¿Quién como Dios?
Como
católicos, sin lugar a dudas, hemos escuchado hablar algo de la Virgen María…
sea porque nuestros padres nos hablaron de ella en nuestra tierna infancia,
sea que en las actividades de la fe católica hayamos escuchado algo de ella,
sea que en un momento determinado la hemos buscado para pedirle un
“milagrito” que necesitábamos… Sea lo que sea, algo hemos oído hablar de la
Virgen María…
Pero,
¿quién es la Virgen María en verdad? ¿Qué puede hacer por mí?, más aún ¿qué
puedo hacer yo por ella? Tenemos que reconocer con humildad que, en muchas
ocasiones, la relación que hemos tenido con Nuestra Señora ha sido lo que San
Luis María Grignón de Montfort llama “una devoción interesada”. En efecto, de
los “devotos interesados” nos dice el Santo: “Son aquellos que sólo
acuden a María para ganar algún pleito, evitar un peligro, curar de una
enfermedad o por necesidades semejantes... sin las cuales no se acordarían de
Ella.”[1] ¿Cuántos rosarios hemos rezado
en momentos de necesidad? ¿Cuántas visitas a Santuarios Marianos? ¿Cuántos
martes de María Auxiliadora para pedir ayuda a Nuestra Señora? ¿Con cuánta fe
hemos portado el escapulario carmelita? ¡No voy a decir que esto está mal!
Hay que reconocer que esto manifiesta la firme convicción que tenemos los
católicos respecto a la intercesión de la Inmaculada… esta certeza de su
intercesión está bien respaldada por las Sagradas Escrituras (cfr. Jn 2,1-11)
y el magisterio de la Iglesia cuando afirma que “La misión
maternal de María hacia los hombres de ninguna manera oscurece ni disminuye
esta única mediación de Cristo, sino más bien muestra su eficacia”[2] . Sin embargo, me veo en la obligación de decirles,
mis queridos hermanos, que esto es apenas una cara de la moneda. Así es. Cual
moneda de oro finísimo, la devoción a la Virgen tiene, por decirlo así, “dos
rostros”, de los cuales conocemos, casi exclusivamente, uno: su
poder de intercesión. Sin embargo, repito, hay que reconocer que
hemos descuidado, casi por completo, el otro lado de la moneda que se
encuentra opaco y casi no se puede distinguir… me refiero a la
imitación de las virtudes de María, a su conocimiento y seguimiento como
primera discípula… en pocas palabras: la devoción a María como modelo. A
este respecto nos dice el Papa Juan Pablo II: “los fieles luchan todavía por
crecer en santidad, venciendo enteramente al pecado, y por eso levantan sus ojos
a María, que resplandece como modelo de virtudes para toda la comunidad de
los elegidos”[3] .
Es que en
medio de este mundo post-modernista, configurado por el facilismo y
sentimentalismo al exceso, resulta nada cómodo imitar a la Virgen María… ¡Y
es que su vida tiene mucho para decirnos! Las múltiples facetas de la vida de
la Virgen que podemos contemplar en el Evangelio se convierten para nosotros
en un itinerario de vida y de seguimiento del Señor… La docilidad de esta
mujer, nos exhorta a ser verdaderos seguidores del Señor.
Cuando
observarnos a Nuestra Señora llena de fe, diciendo su “Fiat”
ante el Ángel (cf. Lc 1,26-38), sentimos que su fe nos exhorta a lanzarnos
confiadamente a los brazos del Señor… cuando la contemplamos yendo “cum
fastinationem”[4] a servir a su prima Isabel
(cf. Lc 1,39ss) sentimos que su caridad ardiente nos quema y
nos abraza… cuando vemos a toda una Doncella, Madre de Dios, presta a ayudar,
cual empleada del servicio, a la parturienta Isabel (cf. Lc 1,56) vemos
pisoteada nuestra loca soberbia y pulverizado nuestro orgullo… ¡Cómo no
sentirnos exhortados viéndole dar a luz al Mesías, en el establo más pobre (cf.
Lc 2,1ss), mientras nosotros estamos rodeados de mil superficialidades y
Jesús, en el hermano pobre, sigue muriendo de frío!
Verla en
el Templo presentando al niño Dios (Lc 2,22ss), y 12 años más tarde (Lc
2,41ss) llevándole a celebrar su Bar Mitzvah[5] nos habla de su obediencia amorosa a los
mandamientos de Dios… mandamientos que nosotros tenemos olvidados casi por completo.
Contemplarla,
finalmente, erguida al pie de la cruz (Cf. Jn 19,25) nos habla de su
fortaleza y de la firme convicción que tenía de que todo lo que sucede, por
malo que parezca, sucede “para el bien de los que aman al Señor.” (Rm 8,28).
Ahora,
cabría preguntarnos: ¿tenemos la fe de esta Mujer o nos desesperamos y
renegamos ante el primer “problemilla” que nos resulta? ¿Participamos, por lo
menos, de algo de su “caridad ardiente” o estamos tan preocupados de nosotros
mismo que no tenemos tiempo para los demás? ¿Imitamos en algo la Humildad de
esta Reina o sentimos que somos dueños de esta tierra debajo de la cual
estaremos en algunos añitos? ¿Y cómo anda nuestra ayuda a los pobres y
nuestro desprendimiento de los bienes terrenos? ¡El pesebre no es un adorno
navideño sino un grito contra nuestra avaricia! Pero sigamos en esta
reflexión… ¿Somos de los que cuestionamos todas las leyes de Dios y de la
Iglesia y nos atrevemos a pedir algo a Aquella, Madre del Hacedor de las
leyes, que se le sometía amorosamente? Finalmente, ¿Seguimos pidiendo algo a
la Virgen mientras crucificamos a su Hijo con nuestro pecado? ¡Perdonen lo
duro, mis amigos, perdonen lo duro!... ¡pero es que debemos desempolvar esta
cara de la moneda! Porque si no lo hacemos, no sólo estamos deformando el
auténtico culto a la Madre de Dios, sino que por nuestra lejanía de la
Voluntad de Dios podremos llegar al ridículo de suplicar a la Virgen una
desgracia para alguien. Casos conocemos… doloroso casos.
Al
principio preguntábamos ¿qué podemos hacer nosotros por la Virgen María?...
dejemos que Ella nos responda: “Haced lo que él os diga” (Jn 2,5)… sí, ser
verdaderos discípulos misioneros de Jesús… eso es lo que podemos y debemos
hacer por Nuestra Señora.
En fin,
mis queridos hermanos, mi único anhelo con esta pequeña reflexión es que
quedemos bastante cuestionados en cómo está nuestra devoción a la Virgen
María y si bien, podemos y debemos seguir suplicando su intercesión, no es
menos apremiante la urgencia que tenemos de imitar sus virtudes y ser
verdaderos discípulos de Jesús.
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1 comentario:
esta muy bien elaborado
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